Trasformación de Bella.

El dolor era desconcertante
Exactamente eso, me sentía desconcertada. No podía entender, no le encontraba sentido a lo que estaba ocurriendo.
Mi cuerpo intentaba rechazar el suplicio, y me absorbía una y otra vez una oscuridad que me evitaba segundos o incluso minutos enteros de agonía, haciendo que fuera aún más difícil mantenerse en contacto con la realidad.
Intenté hacer que se separaran, el dolor y la realidad.
La irrealidad era negra y en ella no me dolía tanto.
La realidad era roja y me hacía sentir como si me aserraran por la mitad, me atropellara un autobús, me golpeara un boxeador, me pisotearan unos toros y me sumergieran en ácido, todo a la vez.
La realidad era sentir que mi cuerpo se retorcía y enloquecía aunque yo no podía moverme, posiblemente debido al mismo dolor.
La realidad había llegado demasiado rápido.
La luz de la habitación se cubrió de puntos negros cuando una fría punzada de un nuevo ataque de dolor me atravesó el estómago, parecía una cuchillada helada.
Y entonces el dolor volvió de pronto, una sola cuchillada nueva y jadeé.
Sentí los brazos durante un momento como si fueran mangueras de goma vacías y después como si nada fueran. No podía percibirlos en absoluto. No podía ni sentirme a mí misma.
La oscuridad se extendió sobre mis ojos con más solidez que antes hasta velármelos del todo, como una gruesa venda, firme y apretada; pero no sólo me cubrías los ojos, sino todo mi ser, como un peso aplastante. Intentar apartarla era un esfuerzo agotador. Sabía que me sería mucho más fácil rendirme, dejar que la oscuridad me aplastara hacia abajo, abajo, abajo, hasta un lugar donde no hubiera dolor, ni cansancio, ni preocupación, ni miedo.
Nada parecía real, y eso dificultaba mucho seguir en la brecha.
Seguí empujando contra la oscuridad aunque era ya casi un acto reflejo. Ya no intentaba apartarla, sino simplemente aguantarla, para no dejar que me aplastara por completo. Yo no era el gigante Atlas y la oscuridad parecía tan pesada como la bóveda celeste. No era capaz de echármela a los hombros. Todo cuanto podía hacer era impedir que acabara conmigo por completo.
Mantuve a raya la oscuridad de la inexistencia por unos centímetros.
Pero no era suficiente, no bastaba con i determinación. Conforme el tiempo avanzaba, la oscuridad ganaba por décimas y centésimas a esos cuantos centímetros míos. Necesitaba algo de donde extraer más fuerza.
Sentí como me deslizaba, como si no hubiera nada a lo que pudiera agarrarme.
La sensación de quemazón aumentó, se intensificó, alcanzó el tope y volvió a incrementarse otra vez hasta que sobrepasó cuanto había sentido alguna vez en mi vida.
Sentí el pulso latir detrás del fuego que arreciaba ahora en mi pecho y comprendí que había encontrado mi corazón de nuevo, justo cuando hubiera preferido no hacerlo. Porque en ese momento deseaba haber abrazado la oscuridad mientras tuve la oportunidad. Deseaba alzar los brazos y desgarrarme el pecho hasta abrirlo para poder arrancarme el corazón, cualquier cosa con tal de desprenderme de esa tortura, pero no sabía dónde tenía las extremidades y no era capaz de mover ni uno de mis dedos desaparecidos.
El fuego despidió más calor y quise gritar, suplicar que alguien me matara antes de vivir ni un segundo más con aquel dolor, pero no podía mover los labios porque el peso estaba aún allí, aplastándome.
Me di cuenta de que no era la oscuridad la que me presionaba había abajo, sino mi cuerpo, que se había vuelto tan pesado… Me enterraba en las llamas que se abrían camino desde mi corazón, expandiéndose con un dolor imposible a través de mis hombros y mi estómago, escalando su trayecto hasta mi garganta y lamiendo mi rostro.
Mi mente estaba insoportablemente lúcida, aguzada por aquel fiero dolor, y vi la respuesta casi tan pronto como pude formular la pregunta. La morfina.
Sabía que el aturdimiento de la medicina era completamente irrelevante mientras la ponzoña ardiera en mis venas, pero por supuesto, nunca se me ocurrió mencionar siquiera este hecho. Lo que nunca imaginé fue ese posible efecto de la morfina: inmovilizarme y amordazarme. Mantenerme paralizada mientras me quemaba.
Únicamente deseaba morir. O mejor, no haber nacido nunca. Toda mi existencia no podía compensar este dolor. No merecía la pena vivir todo esto sólo a cambio de un latido más de mi corazón.
Y durante un espacio que parecía no acabarse nunca, esto fue todo lo que sucedió. Solo una tortura ardiente y mis gritos insonoros, suplicando que me llegara la muerte. Nada más, ni siquiera sentía pasar el tiempo, que de este modo se hizo infinito, sin principio ni final. Un inacabable momento de dolor.
El único cambio sobrevino cuando el dolor se redobló de forma repentina y casi imposible. La mitad inferior de mi cuerpo, más insensibilizada por la morfina, de pronto se prendió también en llamas. Alguna conexión rota debía haberse curado entretejiéndose en ese momento con los dedos abrasadores del fuego.
Aquella quemazón infinita me abrasó con saña.

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